viernes, 31 de octubre de 2014

El desconcierto que nos provoca Medea de Eurípides

El viaje de los argonautas con Jasón como capitán.
Introducción
Dan ganas de reírse cuando escuchamos a Jasón tratando de justificar los beneficios que ha recibido Medea, quien, enamorada perdida desde que lo conoció, le ayudó a rescatar el vellocino de oro en contra de los deseos de su padre, fue participante del asesinato de su hermanastro para huir de su casa en la Cólquide (a orillas del Mar Negro, más o menos donde está Georgia), para llegar como extranjera a Corinto y la civilización griega. (Pienso que sería como si un neoyorkino se aprovechara de una rancherita de Tepa que, apantallada por la guapura del gringo, le ayudó para que se llevara los lingotes de oro que guardaba su padre, antes de salir huyendo con él para vivir en Nueva York, paraíso de la civilización, sin hablar inglés y fuera de contexto, parir un par de hijos y el día menos pensado, saber que la iba abandonar con todo y sus chiquillos y que las autoridades decidieron deportarla con todo y sus chiquillos, porque el gringo decidió casarse con la joven y rica heredera hija de Donald Trump). Y todo esto lo justifica diciéndole a Medea:

No puedo negar que me ayudaste -le dice Jasón- pero probaré que tú has ganado en ello más de lo que hubieras perdido haciendo lo contrario. 
   En primer lugar, vives en la Grecia y no en un país bárbaro, y has conocido en ella lo que valen el derecho y las leyes, no la arbitrariedad y la violencia; todos los griegos alaban tu ingenio, y has alcanzado gloria, y si habitases en los últimos confines del orbe, nadie hablaría de ti…  
   Por lo que hace a mis nupcias, que has escarnecido, probaré primero mi prudencia, después mi moderación y, por último, que todo ello es consecuencia del afecto que profeso a ti y a mis hijos…
   Cuando llegué aquí desde Yolcos, presa de innumerables sufrimientos, ¿qué mayor ventura para mí que casarme con la hija del rey, no siendo más que un mísero desterrado?
   No, como tú dices con sarcasmo, porque te aborrezca, ni por los incentivos que me ofrece una nueva esposa, ni por tener muchos hijos, que me bastan con los tuyos, y no me quejo de ello, sino lo que es más importante, por vivir una vida pacífica y no sufrir la miseria, sabiendo que los amigos huyen del pobre y para educar a mis hijos como a su cuna corresponde

Jasón y los argonautas llegaron a la Cólquide esa ciudad-estado que estaba en las orillas del mar Negro (en lo que hoy es Georgia), para ser colonizada por los griegos. Ahí se encontraba el vellocino de oro, la piel del carnero alado o Krysomallos (hijo de Poseidón y de Teófane) y que, en realidad, era un amuleto, un regalo de los dioses, pues aquel que lo poseyera, tendría  prosperidad.

Medea, era la hija de Eetes, rey de la Cólquide y de la ninfa Idía, y era nieta de Helios (el SOL y de ahí ese fuego que podía concebir en sus hechizos). Como sacerdotisa de Hécate (la diosa de las tierras salvajes y los partos, más conocida como la Gran Diosa) de quien aprendió ciertas hechicerías pues tal parece que fue ella de quien aprendió esos oficios, junto con su tía la bruja Circe (que embelesa a Ulises en la Odisea).

Pero Medea en Grecia era sólo una inmigrante, una bárbara extrajera (es decir, que no hablaba griego) que resulta ser una mujer que luchaba esa guerra terrible como la que había entre los derechos del hombre y de la mujer, esa eterna y latente lucha que todavía no termina en algunas regiones del mundo (el Oriente Próximo y el mundo musulmán) o en los pequeños pueblos y aldeas agrícolas, como las que hay en el resto del mundo y en México en particular.

Por eso escuchamos a Medea cuando le explica al Coro las diferencias entre su marido y ella:

Su suerte es distinta a la mía, por eso, con él no rezan mis palabras; ésta es su patria, éste su hogar paterno, y aquí disfruta de las comodidades de la vida y del trato de los amigos; en cambio, yo sin ellos, desterrada, sufriendo sus afrentas desde que me robó del país bárbaro, sin madre, ni hermano, ni parientes que me consuelen en esta calamidad.
   Sola, pues, desearía que me indicases —le dice al Coro— algún medio de vengarme de estos males que mi esposo me causa, y de ese rey que le dio a su hija en matrimonio, y de ella, y que lo calles.
   Porque la mujer es siempre tímida, cobarde en la lucha, y sin ánimo para mirar tranquilamente el acero; pero cuando la injuria que recibe afecta a su tálamo conyugal, no hay nada que sea más cruel.

En una de las más profundas e hirientes cosas que dice Medea sobre Jasón en esto que podríamos considerar como una discusión que hoy en día puede suceder entre una mujer y su esposo.

¡Oh tú, el mayor de los malvados! que, débil mujer, sólo mi lengua debe ofenderte, ¿has venido a vernos, has venido a vernos cuando te odio más que a nadie? No obstante has hecho bien en venir, porque me consolaré maldiciéndote, y tú sufrirás oyéndome…

Pero Medea es una bruja que tiene el corazón como el de una maníaca. Su locura es producto de haber sido abandonada por su marido que se va a casar con la joven princesa de Corinto. Por eso, cuando ella siente ese rechazo brutal, sin poder ampararse en la justicia que le es negada, se siente desamparada y víctima de un gran error. Y para acabarla de amolar, el rey Creonte que la conoce bien, se le presenta para mandarla al exilio a ella y a sus dos hijos, so pena de muerte.

Te mando Medea, la de la torva mirada —le dice Creonte, el rey de Corinto—, que estás llena de ira contra tu esposo, que salgas desterrada, llevándote a tus dos hijos, y sin dilatarlo un instante; que soy aquí soberano, y no volveré a mi palacio antes de expulsarte de los confines de este país.

Eurípides había calculado que la manera cómo iba a tratar este tema, iba a irritar al público masculino común y corriente, desde diferentes puntos de vista: uno, porque es una trama enigmática, es decir, que no es una obra plana y sencilla, sino que tiene diferentes significados, algunos oscuros y misteriosos, que son difíciles de penetrar a las primeras de cambio.

Por otro lado, él no juzgó a sus personajes que los dejó sin calificar como «buenos» o como «malos». Dejó que todos, en especial Medea y Jasón, expusieran cada uno sus argumentos, por supuesto desde diferentes perspectivas y estados de ánimo, como si Eurípides disfrutara el desconcierto que esto podía provocar entre sus oyentes.

Y esta es la gran lección de esta obra. 
Cuando estemos enfrentando una situación como esta en dos de las partes están reclamando justicia, y una de ellas está tramando una venganza desproporcionada, tengamos la paciencia y el estómago para escuchar a ambas partes y luego, si podemos, hacernos un juicio amparado, necesariamente, en nuestros hábitos y costumbres, así como en eso que se llaman los principios morales y éticos que en cada sociedad se aplican en diferentes épocas.

Medea trata de lograr, seduciendo y escondiendo lo que pretendía, que Creonte le de un día más de estancia en Corinto, con eso, ella podrá, si tiene la energía suficiente, llevar a cabo su venganza: matar a la princesa (y de pasada, al rey de Corinto) y luego matar a los dos hijos que ha tenido con Jasón antes de huir al más allá y dejar a Jasón desolado por el resto de su vida. Por eso, le dice lo siguiente:

¿Qué iniquidades has perpetrado contra mí, casando a tu hija, atento sólo a su inclinación? —le pregunta Medea a Creonte suplicándole que no la mande al exilio.  A quien detesto es a mi marido; pero según creo, has obrado con prudencia. Y ahora no llevo a mal que salga todo a la medida de tu deseo: que se casen, que aquí reina la felicidad y el bienestar; pero déjame vivir en Corinto; yo callaré a pesar de mi afrenta, y cederé a la fuerza.

Más aún, Eurípides señalaba, tal como lo estudió de cerca y lo narra, en cierto sentido de una manera compasiva, las regiones del pensamiento y la forma de ser del hombre y de la mujer sabiendo que, el hombre común y corriente, prefería no pensar en eso. Parece que le encantaba seguirle la pista a los complicados sentidos que son parte de la injusticia para poder llegar hasta sus orígenes, resuelto a entender y a explicar, más que a juzgar o condenar.

Vuelve Medea a confesarnos (a nosotros o al Coro representado por las mujeres de Corinto) lo que pretendía cuando sedujo a Creonte:

¿Crees, acaso, que yo le habría hablado con tanta dulzura sino por ganar tiempo y vengarme?
   Me hubiera callado, absteniéndome de tocas sus manos.
   Tan grande es su insensatez que, pudiendo desbaratar sus proyectos, desterrándome de aquí ahora, me ha concedido el plazo de un día, que bastará para dar muerte a tres enemigos míos: al padre, a la hija y a mis esposo.
    Aunque tengo muchos medios para hacerlos morir, no sé, ¡oh amigas!, cuál emplearé primero: si incendiaré el palacio nupcial o si los atravesaré con el afilado acero, entrando ocultamente en el aposento en que está preparado el nupcial lecho.

Los hombres comunes acusaban a Eurípides de apoyar a estas brujas, las mujeres que eran traidoras que venían del extranjero y tal vez, con eso logró que las mujeres griegas, sojuzgadas y manipuladas por sus maridos, pudieran esbozar una sonrisa, aunque la venganza que lleva a cabo, superaba a sus principios maternales. Es una tragedia que sirve de catarsis y en eso consistió su éxito desde que fue puesta en escena en Atenas en el 431 a.C.

La puesta en escena del National London Theater.
Dirigida por Carrie Cracknell y diseñada por Tom Scutt la puesta en escena en el National London Theater resultó ser una versión extraordinaria. Medea es interpretada por Helen McCrory quien logra el nivel más alto que puede lograr una actriz en escena, el famoso peak performance , donde vemos cómo pasa de la furia y el coraje, a la tristeza y desolación de saberse abandonada, traicionada por su marido, a quien le ha dado tanto, desde que lo conoció en la Cólquide hasta su vida en Corinto, con un par de hijos que tanto dolor le dieron en su parto, además de saber que es  una inmigrante discriminada por los griegos por ser bárbara y, sobre todo, después de lo que hizo por él en su tierra para permitirle que pudiera hacer las tareas que su padre le exigía lograr antes de que pudiera llevarse el vellocino, para ver después cómo mataban y despedazaban a su hermanastro, para tirarlo al mar antes de concebir y parir con todo el dolor del mundo, a un par de hijos.

Cuando se da cuenta que su marido, sin más, la abandona para casarse con la joven princesa de Corinto, no puede más de la furia y desesperación, de tal manera que sólo piensa en llevar a cabo una venganza devastadora: matar a la princesa y asesinar a los dos hijos que tuvo con Jasón.

Por eso, en el proceso y en los argumentos que cada uno de ellos nos va dando en diferentes momentos, tanto Jasón, como el rey de Corinto, como las advertencias de la Nodriza para que escuchemos todo esto en detalle y, por supuesto a la dolida Medea que la vemos caer por los suelos por el dolor que implicaba tanto su abandono como su venganza irremediable, con todo y esos momentos de tristeza por lo sucedido, más la culpa de haber traicionado a su gente y el arrepentimiento, como la vimos en esta nueva versión con el texto adaptado de Ben Power y la música de Will Gregory y Alison Goldfrapp, ahora que fue transmitida al mundo en las pantallas HD de la Sala Julio Bracho del CCU.

Los sucesos en la Cólquida, la tierra de Medea.
Las tareas que le exige el padre de Medea a Jasón para que pueda llevarse el vellocino de oro son varias: en primer lugar, tenía que uncir dos bueyes que exhalaban llamaradas de fuego y con ellos arar un campo para que una vez que hubiere sido arado, sembrara en los surcos los dientes del dragón que Eetes mismo le había dado.

Jasón aceptó las condiciones a pesar de se le hacía imposible. Pero Medea, que desde que llegó el Griego había sido traspasada por los dardos certeros de Eros, el amor y haber sido aconsejada por su hermana, cuyos hijos había salvado Jasón de perecer en la isla de los pájaros, visitó esa misma noche la tienda  de Jasón y le proporcionó pociones, ungüentos mágicos e instrucciones precisas para que pudiera lograr sus tareas.

Invulnerable al fuego y con una fuerza sobrenatural, el héroe pudo someter a los bueyes, uncirlos al arado para roturar la porción de tierra acordada antes de arrojar los dientes en los surcos para retirarse y observar cómo de cada diente surgía un soldado esqueleto fuertemente armado.

Tras esperar con paciencia a que se desarrollasen completamente un gran número de ellos y, siguiendo los consejos de Medea, arrojó una enorme piedra entre los soldados que nunca supieron quién la había arrojado para ponerse a luchar encarnizadamente entre sí, para lograr en esta lucha la muerte. Finalmente, bajo los efectos de las pociones mágicas de Medea, Jasón acabó con los pocos que quedaron en pie.

Tras salir airoso de estas pruebas, Eetes enfadado, se negó a cumplir la parte del trato y entonces, Jasón y los argonautas, guiados por Medea, los argonautas llegaron al bosque donde se escondía el vellocino de oro.  y desde ahí mismo, Medea les avisó para que evitaran ser hipnotizados y no miraran a los ojos a su guardián, una serpiente enorme que jamás dormía. Ayudada por unas hierbas especiales y por sus propios poderes hipnóticos, Medea logró dormir a la serpiente, permitiendo que Jasón cogiera el preciado trofeo y todos pudieran regresar a su patria. La expedición de los argonautas partió con la compañía de Medea ya que, sabedora de que su traición nunca sería perdonada y enamorada perdidamente de Jasón, había rogado poder huir con la expedición a cambio de sus servicios.

Jasón no solo había accedido sino que prometió hacerla su esposa, jurándole que le sería siempre fiel. Eetes mandó que su hijo mayor Apsirto los persiguiera al frente de una gran flota. Cuando logró al fin darles alcance, Jasón acordó entregar a Medea a cambio de poder continuar su viaje con el vellocino. Pero Medea urdió una estratagema para que su hermanastro se presentase solo a la negociación y Jasón aprovechara para asesinarlo antes de arrojar su cuerpo, troceado en múltiples pedazos, al mar.
El desconsolado Eetes tuvo que recoger uno por uno los restos de su hijo, lo que les dio ventaja a los argonautas que pudieron escapar.

Algunas reflexiones sobre Medea.
¿Se trata de una mujer que loca? ¿Así pueden reaccionar las mujeres que han sido engañadas y abandonadas por su marido por una mujer más joven? ¿Es una inmigrante que se encuentra en un país extraño para ser discriminada por sus habitantes, en este caso los griegos de Corinto?

Lo primero que se nos ocurre, como lo sugiere la nodriza que sirve a Medea es que pongamos atención y escuchemos lo que explica y dice, así como lo que finalmente fue capaz de hacer esta mujer que se enamoró perdidamente de Jasón, el capitán de los argonautas, desde el mismo momento que llegó a su pueblo en la bárbara y lejana Cólquide.

Por ese amor enloquecido, fue capaz de hacer todo lo que Jasón le ordenó hacer: permitir que se llevaran el amuleto del vellocino de oro, matar a su hermanastro y ver cómo lo hacían pedazos antes de arrojarlo al mar, además de seguir fielmente a su marido concebir y dar a luz, con mucho trabajo, a un par de hijos y todo para que un día se fuera con otra…

Bueno, hay que sentarnos, respirar hondo y escuchar a cada una de las partes y ver, horrorizado como lleva a cabo su venganza antes de suicidarse (según la versión de Ben Power) o como nos dice el Coro al término de la obra original:

Júpiter, desde el Olimpo, gobierna al mundo, y muchas veces hacen los dioses lo que no se espera, y lo que se aguarda no sucede, y el cielo da a los negocios humanos un fin no pensado. Así ha acontecido ahora.
Martín Casillas de Alba
Sábado 1o de noviembre, 2014.


martes, 21 de octubre de 2014

Yo que no he tenido nunca un oficio...

Me permito reproducir este poema que tanto dice, sobre todo cuando estamos en crisis, cuando la depresión nos puede hundir y tal vez, leyendo lo que ha escrito el poeta Rafael Cadenas (1930-) en 1962, podemos respirar hondo y vernos en este espejo tan claro. Los fragmentos de la nota lo he tomado de EL PAÍS, en su edición del sábado 18 de octubre, 2014 por Javier Rodríguez Marcos.

"Si hay un poeta vivo perseguido por uno de sus poemas, ese es el venezolano Rafael Cadenas. El poema se llama Derrota, un hito de la literatura latinoamericana que el poeta lo escribió cuando tenía 32 años de edad. Ahora tiene 84 y sonríe tímidamente cuando se le pregunta si está cansado de aquella letanía que dice (y aquí me permito reproducir el poema completo):

Yo que no he tenido nunca un oficio
que ante todo competidor me he sentido débil
que perdí los mejores títulos para la vida
que apenas llego a un sitio ya quiero irme (creyendo que mudarme es una solución)
que he sido negado anticipadamente y escarnecido por los más aptos
que me arrimo a las paredes para no caer del todo
que soy objeto de risa para mí mismo que creí
que mi padre era eterno
que he sido humillado por profesores de literatura
que un día pregunté en qué podía ayudar y la respuesta fue una risotada
que no podré nunca formar un hogar, ni ser brillante, ni triunfar en la vida
que he sido abandonado por muchas personas porque casi no hablo
que tengo vergüenza por actos que no he cometido
que poco me ha faltado para echar a correr por la calle
que he perdido un centro que nunca tuve
que me he vuelto el hazmerreír de mucha gente por vivir en el limbo
que no encontraré nunca quién me soporte
que fui preferido en aras de personas más miserables que yo
que seguiré toda la vida así y que el año entrante seré muchas veces más burlado 
   en mi ridícula ambición
que estoy cansado de recibir consejos de otros más aletargados que yo 
   («Ud. es muy quedado, avíspese, despierte»)
que nunca podré viajar a la India
que he recibido favores sin dar nada en cambio
que ando por la ciudad de un lado a otro como una pluma
que me dejo llevar por los otros
que no tengo personalidad ni quiero tenerla
que todo el día tapo mi rebelión
que no me he ido a las guerrillas
que no he hecho nada por mi pueblo
que no soy de las FALN y me desespero por todas estas cosas y por otras cuya 
   enumeración sería interminable
que no puedo salir de mi prisión
que he sido dado de baja en todas partes por inútil
que en realidad no he podido casarme ni ir a París ni tener un día sereno
que me niego a reconocer los hechos
que siempre babeo sobre mi historia
que soy imbécil y más que imbécil de nacimiento
que perdí el hilo del discurso que se ejecutaba en mí y no he podido encontrarlo
que no lloro cuando siento deseos de hacerlo
que llego tarde a todo
que he sido arruinado por tantas marchas y contramarchas
que ansío la inmovilidad perfecta y la prisa impecable
que no soy lo que soy ni lo que no soy
que a pesar de todo tengo un orgullo satánico aunque a ciertas horas haya sido 
   humilde hasta igualarme a las piedras
que he vivido quince años en el mismo círculo
que me creí predestinado para algo fuera de lo común y nada he logrado
que nunca usaré corbata
que no encuentro mi cuerpo
que he percibido por relámpagos mi falsedad y no he podido derribarme, 
   barrer todo y crear de mi  indolencia, mi flotación, mi extravío una frescura nueva, 
   y obstinadamente me suicido al alcance de la mano 
me levantaré del suelo más ridículo todavía para seguir burlándome 
de los otros y de mí hasta el día del juicio final.

“Cansado no estoy –le dice Cadenas a Javier Rodríguez-, pero ese poema hoy no me refleja. Lo escribí en medio de una crisis personal… bueno, una depresión. Si gustó tanto fue porque coincidió con la situación política de los años 60 y la consolidación de la democracia en Venezuela con Rómulo Betancourt.”

Rafael Cadenas nació en Venezuela en 1930 y es uno de los más lúcidos poetas y ensayistas de nuestro siglo, incluido sin falta en las selecciones de poesía del continente. Su obra incluye Los Cuadernos del Destierro, Falsas Maniobras, Memorial, Literatura y Sociedad , Realidad y Literatura, Anotaciones y En torno al lenguaje. Premio Nacional de Literatura en su país en 1985 y Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances en Guadalajara –el antiguo premio Juan Rulfo- en 2009.