domingo, 27 de marzo de 2016

Introducción al curso de Liderazgo del cambio

INTRODUCCIÓN
  

En el curso de Liderazgo del cambio y la transformación basado en La tempestad de Shakespeare vamos de reflexionar sobre lo que significa dirigir o vivir un cambio, así como, la transformación necesaria para que podamos realizar esos cambios tan necesarios, si querremos enfrentar mejor nuestro futuro. El curso está basado en La tempestad de William Shakespeare, la última obra que terminó de escribir en 1611.

Bien decía Darwin que en las especies, el que sobrevive no es el más fuerte, ni el más inteligente, sino aquel que responde mejor al cambio, después de haberse dedicado toda su vida a estudiar a miles de especies, tal como lo podemos rescatar en El origen de las especies.

Primero que nada, hay que tener la capacidad de imaginar el futuro, es decir, de tener más o menos una idea de lo que queremos hacer en el futuro como si fuera la meta para saber que es todo eso que tenemos que hacer para intentar llegar y que conectados a ese porvenir.

Un buena manera de empezar sería imaginarnos cómo queremos que sea nuestra vida o nuestro negocio o nuestra institución en el futuro y saber qué clase de retos tendría que enfrentar para que ese futuro estuviese mejor diseñado para nosotros en la vejez y para que las nuevas generaciones tuvieran éxito. Tener una actitud así, tiene mucho valor sin que nos importe el tamaño del reino. Es decir, que esos cambios que planeamos pueden hacerse ya sea en el reino de la familia, si es que podemos imaginar el futuro de nuestros hijos y deseamos que tengan una mejor calidad de vida y de ahí, seguir con otro círculo menor para ir creciendo como crecen esos círculos en el agua después de que cae una piedra, hasta imaginar que podemos estar hablando de corporaciones o naciones enteras en las que podemos ejercer nuestro liderazgo del cambio.

Para eso hay que revisar cuáles son los efectos que se producen cuando vamos a realizar un cambio, así como, reconocer los diferentes papeles que se tienen durante el cambio desde el líder o guía que lo orquesta y dirige y que son los arquitectos del cambio, hasta los sujetos o víctimas del cambio y de esta manera empezar por recordar cuáles han sido nuestras actitudes primarias frente al cambio como esos que existan en nuestra biografía cuando hayamos sido parte o de los que hayamos provocado o experimentado.

Las principales fuentes.
Nos viene como anillo al dedo La tempestad de William Shakespeare (1564-1616), que fue la última obra que escribió completa en su vida antes de retirarse a su casa en Stratford-upon-Avon en 1613, una obra que lavamos a recorrer a través del cristal del cambio y la transformación como la que llevó a cabo el personaje principal como es Próspero, quien había sido el duque de Milán antes de ser exilado por su hermano Antonio junto con Alfonso el rey de Nápoles, para poder vernos en ese espejo y tomar nota de todas esas implicaciones que narra Shakespeare en su obra que, como bien dice Mario Vargas Llosa, no deja de ser ‘el mejor simulacro de la vida.’

«No puedo dejar de pensar en William Shakespeare (1564-1616) escribiendo esta obra en 1611, dos o tres años antes de retirarse a su casa de Stratford-upon-Avon, de donde había salido hacía tiempo, desde que dejó a su hija Susana con un par de años de edad y a los gemelos recién nacidos, Judith y Hamnet, para irse a Londres más o menos en 1589, donde estaba la acción a finales del siglo XVI, cuando reinaba la reina Isabel I desde hacía varios años, en 1558, hasta el día de su muerte en 1603.

»Logró tener éxito en los teatros de Londres, en particular en El Globo a partir de 1599 y en las puestas en escena que hacía en la Corte. Para eso escribió treinta y siete obras, de las cuales, la mayoría tuvieron —y tienen—éxito para lograr una situación económica que le permitió comprarse la casa más grande de su pueblo natal, haber conseguido el título de Caballero (Sir) con todo y su escudo de armas, en donde su emblema decía, como si hiciera falta que lo justificara: Non Sanz Droit.

»Con todo esto no puedo menos que pensar en Próspero, el personaje principal de La tempestad, y el parecido con el autor tal como podemos leer en el Epílogo cuando se despide de la isla —es decir, del teatro—, prometiendo que va a dejar su varita mágica enterrada en las profundidades, como esa que venía usando desde que empezó su vida dramaturgo en Londres con las tres obras o partes de Enrique VI, antes de que atacara la plaga y se pusiera a escribir sus cuatro poemas líricos, entre ellos La violación de Lucrecia y los 154 sonetos cuya estructura de catorce versos divididos en tres partes de cuatro versos cada una y un cierre o volta de dos versos como luego vemos que los aplica en el Prólogo de Romeo y Julieta entre los miles de versos libres con los que compuso el resto de su acervo.

»La tempestad es una obra producto de la fantasía del autor en donde nos relata el descubrimiento su estilo de vida en una isla donde llegó exilado, como si hubiera llegado al gran teatro del mundo o como una de esas colonias en la que conquistaron los ingleses a partir del descubrimiento de América, para hacer de ellas sus colonias y poder esclavizar a los nativos, hasta que en los grandes cambios del XIX, algunas de las colonias se lograron independizar, declarando la igualdad en los seres humanos y la abolición de la esclavitud —como en La tempestad se lo recordaba a cada rato Ariel, el espíritu del cambio y operador del mago. Al final Próspero logra lo que pretendía: por un lado, logró casar a su hija Miranda (llamada así por eso de mirari, asombrarse) con catorce años de edad, con el príncipe de Nápoles, consolidado así el futuro de las nuevas generaciones; además, recuperó su ducado de Milán y, por su cuenta y riesgo, el nativo Calibán se quedó en la isla para volver a ser su dueño.

Próspero imaginó ese futuro y por eso es el arquitecto de los cambios. Los beneficiarios o constructores son los dos jóvenes de la nueva generación: Miranda y Ferdinando, el príncipe de Nápoles; el operador o espíritu del cambio como es Ariel que llevó a cabo todo lo que su amo le ordenaba hiciera. Todo estos seres contrastan con el villano de Antonio, el hermano de Próspero —quien lo exilió con todo y su hija Miranda hacía doce años—, y que nunca pudo aceptar su culpa, ni aceptar el perdón. Es un hombre que se queda con el entripado sin poder cambiar de actitud y del que hay que tomar nota de este tipo de personas como las que hay en nutra vida. Otros dos que son esos empleados y ahora borrachitos —que son los bufones de la obra—, pervertidos por las costumbres y superficiales en sus ambiciones —como también existen en nuestra vida— que cambian de bando con tal de satisfacer unos deseos banales como era, en un momento dado, poder vestirse con unos trapos con los que se veían mejor, aparentando lo que no eran evitando así que llevaran a cabo la conspiración que les había propuesto Calibán para acabar con su patrón.

Próspero se había imaginado el futuro de su hija y por eso planea llevar a cabo todos los cambios que fuesen necesarios para que se casara con Ferdinando, el príncipe de Nápoles y de esta manera, unieran fuerzas y recursos. Ella podría aportar como dote, el ducado de Milán para que se uniera al reino de Nápoles y pudieran enfrentar mejor el futuro. Fusiones y adquisiciones.

»Por eso, hay un gran final cuando vemos cómo es que realiza todos y cada uno de los cambios que eran necesarios después que él se ha transformado y haya dejado a un lado la magia para que vuelva a ser lo que era y que todo se lleve a cabo como debe ser, cumpliendo así con la meta de su vida.
»Grande es esta obra como espectacular es su imaginería. En su trazo podemos ver que hay una pasión para entretener a su público con una historia en donde hace uso de la magia, muestra la brutalidad de los nativos e ignorantes como Calibán y, por otro lado, destaca el amor de la juventud de un príncipe que, según Miranda es una maravilla, como lo constata cuando al final de la obra los ve a todos reunidos frente a la cueva de su padre y no puede menos que exclamar:

»—¡Qué maravilla, cuántas criaturas encantadoras veo por aquí! ¡Ah, mundo feliz! (O, brave new world!) ¡Qué espléndido nuevo mundo, poblado por esta gente!

»Y si esto es lo que Miranda opina al final de la obra, es porque los cambios y la transformación que realizó su padre han sido todo un éxito.

»Por eso, más vale que nos vayamos con calma y recorramos, paso a paso esta obra como la fuente de la que podamos abrevar tantas cosas que están relacionadas con el cambio y la transformación.»[1]
Esto le escuchamos que dice cuando ha celebrado con ganas el compromiso de su hija con el príncipe de Nápoles y Próspero nos dice esto en un aparte:

Los principales objetivos.
Una vez que hemos podido imaginar el futuro, podemos diseñar todas y cada una de las acciones por realizar para poder enfrentarlo de una mejor manera. Para eso, antes que imaginemos el futuro, hay que reconocer cuáles han sido las actitudes que hemos asumido frente a los cambios experimentados y reconocer en ellos cuál ha sido el papel que hemos jugado para que recordando todo esto podamos reconocer cuál era el papel que jugamos en cada caso.

Se trata de analizar eso que puede suceder ‘antes’, ‘en’ y ‘después’ del cambio pues, sin duda, una de las características básicas del liderazgo es el deseo que tenemos para que las cosas cambien para poder enfrentar mejor el futuro. 



[1] NOTA: tomada del texto que se publicó en los Apuntes (No. 9) de La tempestad publicada por El Globo Rojo en 2004.